Los Innombrables

El genocidio es un delito internacional que comprende cualquiera de los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal.

 

Estos actos comprenden la matanza y lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, sometimiento intencional de los individuos a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial, medidas destinadas a impedir nacimientos, o traslado y deportación por la fuerza.

Nota del autor.

 

Este libro ha sido confeccionado en su totalidad siguiendo un estricto rigor histórico  y cronológico en sus diferentes capítulos. Ninguna parte del libro ha sido ficcionada, toda la documentación narrada así como las fotografías impresas  han sido recopiladas por el autor en archivos históricos, viajes a los lugares donde ocurrieron los acontecimientos y entrevistando a los supervivientes y testigos de cada hecho narrado, ninguna  opinión ha sido modificada para no adulterar los sucesos históricos escritos en la obra.

La historia de la Humanidad está llena de oscuros seres, personas que provocaron guerras y genocidios por unos motivos u otros, militares, políticos y dictadores que por la ambición de poder masacraron a cientos de miles de personas opositores a su régimen, o por odio étnico y racial.

 

Los Innombrables hace un repaso histórico en la memoria de nuestra más reciente historia, para que el lector conozca la identidad de estos asesinos. Hombres y mujeres que hicieron de la vida del prójimo un juego de muerte o subsistencia, en muchos casos fueron perseguidos y juzgados, en otros camparon a sus anchas durante el resto de su vida y nunca pagaron por sus asesinatos, un horrible catálogo de seres inhumanos.

 

Adolf  Hitler  provoco una guerra que costó más de cincuenta millones de muertos y durante el conflicto un exterminio sin precedentes contra el pueblo  judío.  Pol Pot, el genocida Camboyano que decreto el año cero en 1975, ordeno que todo el pueblo de Camboya dejara las ciudades para trabajar cultivando arroz  hasta la muerte en campos de exterminio llamados “los campos de la muerte” este maléfico ser falleció de viejo sin que el Tribunal Internacional de derechos humanos hiciera nada por detenerle y hacer pagar por sus horrendos actos contra la humanidad y contra su propio pueblo. Las dictaduras Chilena y Argentina, el genocidio de Ruanda y la limpieza étnica en los conflictos de los Balcanes..

En los barracones dormíamos invertidos para que cupiera más gente en esa madera, no había ni colchas ni cobijas ni nada parecido, lo que se daba para comer era una verdura podrida en unos platos, y cada cual tenía que cuidar ese plato porque si te lo robaban no te podían dar ni siquiera esas verduras podridas.


Aquella mañana buscaba desesperada a mi madre, un oficial de la SS me pregunto por qué corría de un lado a otro, al decirle que no encontraba a mi mama comenzó a reír, se agacho y mirándome fijamente a los ojos me giro la cara hacia la chimenea de uno de los hornos crematorios, mira niña en este momento tu mama está saliendo por esa chimenea, se levantó y continuo andando y riendo, en menos de veinte metros disparo con su pistola a varios presos, por placer, matar por matar.


Trabajábamos 12 horas de día o de noche durante 15 días. Había 200 personas por estructura y en la nuestra construíamos aparatos para bombarderos. Quien no moría por los gases moría por los trabajos forzados y por una alimentación casi inexistente. Muchos murieron porque sólo nos daban un cacho de pan y un litro de agua al día.


Antes de acostarnos, nos daban el cacho de pan o media docena de patatas para comérnoslas crudas. Una noche, un compañero francés, se guardó 6 patatas para coger otras tantas, y le pillaron, nos obligaron a salir y lo dejamos solo con el castigador del campo, con una madera entre las manos, lo mató a palos.


En muchas ocasiones los SS se emborrachaban para poder hacer aquel cruel trabajo, llegando a la auténtica locura, en ocasiones gritando vaciaban el cargador de sus pistolas contra los cadáveres de los presos que se amontonaban en varios puntos del campo.


Un día llego al campo un extraño médico, entraba en los barracones con su maleta, se sentaba, abría aquella maleta y preparaba inyecciones, las inyectaba a los presos como experimento para ver cuánto tiempo resistías, a algunos les daban convulsiones, a otros se los llevaban a rastras, ese día no fui yo, pero sí algunos de mis compañeros de barracón, los que vivían estaban rotos en la cama, no podían moverse, luego me tocó a mí, seis sábados consecutivos me inyectaron al lado del corazón, nos cogieron a 30, solo 7 logramos sobrevivir a los pinchazos.


Mataban al hijo cuando nacía, los ahogaban en una balda de agua o las SS los cogían de los pies y los tiraban contra un muro, se decía que a muchas mujeres les ponían inyecciones para retirar la menstruación.


Era el final, nos hicieron salir a todas por las carreteras, nos íbamos juntando hombres y mujeres, nos hacían huir de los rusos, durante el camino dormíamos siempre al borde de la carretera, encima de la nieve, a la intemperie, a los que caían de fatiga los mataban, de ochenta y cinco mujeres que salimos del campo, quedamos veintidós.


Cuando llamaban para hacer una selección pinchábamos nuestros dedos con una aguja y con la sangre maquillábamos nuestra cara para aparentar más sanas.


Trabajaba en una mina de carbón cuando las primeras tropas se acercaban, íbamos en marcha en varias filas, llevábamos puestos nuestros uniformes de prisioneros, nuestras botas tenían suelas de madera, hacía mucho frío y todos estábamos muy débiles, a los que no podían continuar la marcha los mataban y dejaban allí mismo sus cuerpos, nos hicieron marchar de esa manera tres días, noche y día, cuando parecía que las primeras tropas estaban más cerca, nos metieron en vagones que usaban para transportar carbón, nos amontonaron ahí unos sobre otros, durante la travesía en esos vagones, la gente de un pueblo por el que pasamos se dio cuenta de que en ellos iban prisioneros y entonces nos tiraron pan y carne estábamos hambrientos y muy débiles, como teníamos tanta hambre, nos empujábamos y nos encaramábamos unos encima de otros para poder coger los pedazos de pan y carne, los guardias nazis, empezaron a matar a los prisioneros, muchos murieron, los guardias nos forzaron a echar los cuerpos en el vagón y a ponerlos en forma de banca, y nos mandaron a sentarnos encima de ellos, pasamos tres días más en esas condiciones, solo pensábamos en el día en que pudiéramos escapar.


No nos daban comida ni agua, pasaron varios días hasta la llegada al campo, muchos murieron de hambre y frio, a los que morían les quitábamos la ropa para abrigar a los niños, para beber agua sacábamos la mano por la única ventana del vagón y cogíamos los trozos de hielo que luego derretíamos en unas tazas metálicas.


Nos dijeron, “A partir de ahora no responderán por su nombre. Su nombre es su número”. La confusión, la desilusión, el abatimiento que sentía; sentía que ya no era un ser humano. Nos habían rapado las cabezas, me sentía tan avergonzada. Cuando nos hicieron desvestir y duchar, nos hicieron sentir como animales. Los hombres caminaban alrededor nuestro, nos miraban y se reían. Una muchacha joven que nunca antes había estado expuesta a un hombre, allí desnuda, quería que la tierra se abriera y me tragara.


Los camiones no auguraban nada bueno, especialmente para una niña pequeña, porque en ese momento quedaban muy pocos niños en el gueto. Desesperadamente, la abuela había puesto a la niña en la cama que compartían los tres y había apilado todas las mantas y cobijas. En realidad, lo había hecho de tal modo que parecía que la cama estaba recién hecha. Primero, uno de los soldados u oficiales me enfrentó y me preguntó por qué no estaba en mi lugar de trabajo. Por suerte, estaba vestida. Le mostré mi permiso de trabajo, pero no recuerdo qué le dije. Estaba atónita, petrificada, y el corazón me latía muy rápido. Estoy segura de que se podía ver a través de la ropa. Creo que en un momento realmente dejó de latir. Me dejó en paz. Miró con dureza a los abuelos. Tal vez, me advirtió que no volviera a quedarme en casa, que esto podría tener graves consecuencias. Realmente no lo recuerdo. Pero me habló con dureza y luego me apartó de un empujón, o a empujones. A los abuelos les dijo algo con violencia y los dejó en paz. Y comenzaron a destrozar la habitación. Creo que los tres lo hicieron, destrozaron la habitación y no tardaron en arrancar las ropas de cama y encontrar a la niña. Y la arrastraron hasta afuera. Cuando se aseguraron de que no había nadie más escondido ni nada más por encontrar, la arrastraron hasta afuera, hacia el camión. Y la abuela corrió detrás de ellos, se cayó, se puso de rodillas, rogó, suplicó, lloró, gimió y los siguió hasta el camión en la acera, y uno de los soldados usó un arma o un garrote y la golpeó, y ella se cayó al suelo en la calle. El camión partió y ella quedó atrás. Se llevaron a la niña. Había otros niños en el camión. Pude verlo desde la ventana. Después de ver eso, no quería ver nada más.


Cuando atravesábamos el gueto para ir a trabajar después de que todo el gueto quedó vacío, la sensación era muy extraña. Calles vacías, ventanas abiertas, cortinas que se movían con el viento. Ninguna persona. Una vez creímos vislumbrar a una persona en la ventana, o una vela o algo así, y, por supuesto, apartamos los ojos para que los escoltas alemanes no se dieran cuenta de que allí había alguien. En noviembre de 1944 nos llegó la hora, nos tenían que sacar. Llevaron a toda la población de nuestro hospital a donde se encontraban los vagones de ganado y nos subieron. Era horrible porque la gente tenía que estar de pie. No había lugar para sentarse o agacharse. Si alguien estaba enfermo o, incluso, agonizando, moría de pie. Era simplemente insoportable. El agua era lo peor... la falta de agua, la sed era lo peor.


El día anterior nos dijeron que podíamos armar una pequeña maleta y que debíamos prepararnos para abandonar el gueto. Cuando llegamos en una época había sido una fábrica de ladrillos, y ahí empezaron a revisarnos otra vez. Allí también había soldados de las SS, y cada mujer, cada niña tenía que desvestirse, desnudarse, y nos revisaban por dentro en busca de objetos de valor. Mi madre era muy religiosa y yo solo podía pensar en lo terrible que era para ella vivir una experiencia tan terrible. Cuando terminamos, mi madre tomó al bebé de los brazos de mi hermana porque ella sostenía al pequeño, Danny. Y tenía un biberón para el niño. Y un soldado de las SS le sacó el biberón y le dijo: “Veamos qué tienes ahí, basura”. Mi madre suplicó: “Por favor, el niño necesita la leche. Por favor, no le quiten la leche a mi nieto”. El oficial empezó a pegarle con un látigo, y grité cuando vi que le estaban pegando, así que al menos alejé la atención de mi madre. Entonces mi madre corrió porque los trenes estaban muy cerca. Simplemente íbamos hacia esos trenes de ganado. Así que alejé la atención de mi madre y el soldado empezó a pegarme con el látigo. Y finalmente también pude escapar y nos subimos al tren de ganado.


Cómo sobreviví en el bosque, o mejor dicho, en plural, en los bosques. No lo sé, pero fue sorprendente, porque cuando uno tiene hambre y está completamente desmoralizado se vuelve ingenioso. Cada vez que lo cuento no puedo creerlo. Comía gusanos. Comía bichos. Comía cualquier cosa que pudiera llevarme a la boca. Y a veces me enfermaba. Una vez comí unos hongos silvestres, y estoy seguro de que eran venenosos. Me sentía mal. Mi estómago era un desastre, pero aun así los comía, porque necesitaba masticar algo. Tomaba agua de los charcos. Nieve. Cualquier cosa que pudiera encontrar. Algunas veces me escabullía en los sótanos donde los granjeros almacenaban las papas, alrededor de las villas, y ese era un buen escondite porque estaba más caliente durante el invierno. Pero también había roedores allí. Y sí, también comía ratas, crudas.


Al parecer, tanto quería sobrevivir que hice cosas indescriptibles. Comí cosas que nadie se atrevería a comer. De alguna manera, sobreviví. No sé por qué. Sigo preguntándomelo. Pero lo logré...

Los Genocidas mas sanguinarios de la historia

No los voy a nombrar, no los quiero nombrar…
Tan solo escribiré sus nombres, tan solo recordar lo que hicieron…
Porque siento horror y vergüenza de mi propia raza si digo sus nombres…
Por eso no los quiero nombrar…
La historia y el hombre les juzgo por sus crímenes…
Tan solo escribiré sus nombres, veré sus caras en fotografías y podre intuir lo que en esos momentos pasaba por sus mentes enfermas...
Ellos son los Innombrables, porque nada más nauseabundo que lo que estos maquiavélicos seres hicieron contra nuestra especie...
Contra sus semejantes, mujeres y niños inocentes, hombres honrados y trabajadores, masacrados, torturados y ejecutados, por eso solo voy a escribir sus nombres y me gustaría que para el resto de la humanidad sean… Los Innombrables.

T4 El Programa de Eutanasia Nazi.

En Octubre de 1939 Hitler firmó una autorización secreta para proteger a los médicos, el personal sanitario, y los administradores que participaban en el programa de posibles procedimientos penales en su contra; esta autorización fue antedatada al 1 de Septiembre de 1939, para sugerir que el programa de eutanasia estaba relacionado con medidas de guerra. El nombre de clave de esta operación secreta era T4, en referencia a la dirección de la calle (Tiergartenstrasse 4) de la oficina que coordinaba el programa en Berlín. Seis instalaciones de gaseamiento fueron creados como parte del programa de eutanasia: Bernburg, Brandenburg, Grafeneck, Hadamar, Hartheim, y Sonnenstein.

 

Las víctimas del programa de eutanasia incluían originalmente niños y adultos con incapacidades o anomalías físicas o con enfermedades mentales. Los médicos de T4 seleccionaban pacientes para la muerte, estos médicos raramente examinaban personalmente a los pacientes en este proceso y a menudo basaban sus decisiones sobre los documentos médicos y los diagnósticos del personal de las instituciones donde las víctimas se hallaban internadas, las víctimas eran transportadas por el personal de T4 a los sanatorios que servían como instalaciones centrales de gaseamiento.

Colaboran.

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© Rafael Gonzalez Martinez
Ultima actualización 12/02/2019