Canfranc, La Última Frontera

Rafael González Martínez, tras sus dos primeros trabajos, Héroes y Los Innombrables escribe su tercer libro tratando un tema histórico, La Estación Internacional de Canfranc en Huesca, un emblemático e impresionante edificio ferroviario lleno de historias y vivencias, un lugar olvidado por el tiempo que en este libro renacerá de sus cenizas, espías, oro Nazi, transporte de minerales para el desarrollo de la II Guerra mundial en una España neutral en la guerra, un libro documentado con un minucioso trabajo de campo que dará a conocer al lector la historia de esta mítica estación de ferrocarril y de su entorno, un proyecto que en su día disfruto de un esplendor sin precedentes, siendo la segunda estación más grande de Europa, y que actualmente resiste al paso del tiempo, a las inclemencias meteorológicas, a su propia historia y a un esperanzador destino.

LA ÚLTIMA FRONTERA

 

La II Guerra Mundial estalla en 1939 y la Estación Internacional de Canfranc cobra un protagonismo nada deseado.

 

En el invierno de 1942 los Nazis llegan a Canfranc. Un grupo de miembros de la Gestapo que residen tanto en el hotel como en el pueblo, toman el control de la parte francesa de la estación en noviembre de 1942 y lo mantienen hasta el final de la II Guerra Mundial.

 

Pero en Canfranc, como en todas las zonas de fronterizas donde han existido conflictos y guerras, los bordes y los límites territoriales terminan por emborronarse y no ser definidos, y así cobran protagonismo las tramas de espías entre todos los bandos.

 

Miembros de la Resistencia Francesa se colaban por Canfranc ayudados en muchas ocasiones por sus vecinos españoles, la estación también fue una vía de escape para los judíos que huían del horror de la Alemania Nazi, así como de aquellos alemanes opositores al régimen y pretendían exiliarse, buscando refugio incluso en las casas del pueblo.

 

Pero también fue un coladero de contrabando, aunque la postura oficial de España era de neutralidad, lo cierto es que Canfranc fue lugar de paso de 1.200 toneladas de mercancías mensuales en la ruta Alemania-Suiza y España-Portugal, entre ellas casi 87 toneladas de oro robado a los judíos y en los países ocupados, un metal precioso que se blanqueó en España a través de Canfranc.

 

Parte de este oro fue el pago que Hitler le hizo a Franco por los envíos de toneladas de mineral de wolframio procedente de las minas de Galicia, este mineral era esencial para el blindaje de los tanques y cañones del ejército nazi y Franco enviaba este mineral en agradecimiento por la ayuda de Hitler durante la Guerra Civil Española.

 

Y a la sombra de aquellos movimientos se escondía un personaje legendario, un tipo con encanto que caía bien a todos y que gracias a ese carisma personal pudo mover los hilos de una intrincada y compleja red de espionaje.

Prólogo

 

«Una tarde de otoño, un café y una historia que contar»


Siempre me atrajo el mundo ferroviario. De pequeño visitaba con frecuencia la estación de Requena, donde yo nací, sentado en un banco de madera esperaba con paciencia y emoción para ver la entrada en la estación de aquellos gigantes de metal, aquellas máquinas de color verde que con sus miles de caballos de potencia arrastraban decenas de vagones de carga y pasajeros. Observaba con atención a los viajeros de aquellos vagones y miraba sus caras, en aquel momento los veía como personas privilegiadas; después, tras el trasiego de personas y equipajes esperaba a que el jefe de estación, con su impecable uniforme, levantara la bandera e hiciera sonar el silbato para dar la salida al tren de los sueños.

 

La impresionante locomotora 4020 de 88.000 kg hacía sonar casi al segundo su estridente bocina, aquel era el momento de continuar el viaje. Lentamente aquella máquina iba tirando de todos sus vagones deslizándose por las vías con su típico ruido, y poco a poco iba cogiendo velocidad, era el momento de decir adiós a otro tren. Recuerdo perfectamente mi primer viaje en ferrocarril, aquel día mi padre dijo: «Mañana vamos a Valencia». Aquella noche no podía conciliar el sueño, iba a viajar por primera vez en tren. Sentado en aquel cómodo asiento de uno de los compartimentos junto a mis padres miraba por la ventana y fui el niño más feliz del mundo. Después, la llegada a la Estación del Norte de Valencia, llena de vías, muchos trenes de otros modelos y cientos de viajeros.


Más tarde, siendo un adolescente viajaba todos los fines de semana a Requena en aquel pequeño ferrobús1, y como aquel día de mi infancia seguía disfrutando del viaje, siempre junto a las amplias ventanas, pasando por los muchos túneles del trayecto y deseando hacer el próximo viaje. Probablemente el destino, o el azar, quiso que mi relación con el ferrocarril continuara. 10 años más tarde y en cumplimento obligatorio con España, ingresé en el servicio militar, primero en el CIR 1 en la localidad madrileña de Colmenar Viejo.

 

Cuando finalicé el periodo de instrucción básica en el campamento durante 3 meses, mi siguiente destino fue el Regimiento de Zapadores Ferroviarios, una unidad militar vinculada con el ferrocarril en todos sus aspectos. Aún recuerdo cuando el coronel del regimiento en el acuartelamiento de Cuatro Vientos me llamó a su despacho y me dijo: «¿Eres de Valencia? Pues a Valencia». Volví a mi tierra en el mes de agosto de 1985, mi destino fue la 6ª Unidad del Batallón Escuela del Regimiento. Aquella etapa militar me unió aún más si cabe al mundo del ferrocarril. Años más tarde un amigo viajó a Canfranc, a su vuelta pude ver las primeras fotografías de la Estación Internacional. Quedé impactado por lo que mis ojos estaban viendo en aquellas primeras fotografías digitales.

En octubre de 2018 decidí viajar a Canfranc, tenía que ver con mis propios ojos la majestuosidad de aquel viejo y abandonado edificio; al verlo por primera vez quedé mucho tiempo en silencio, tal vez como muestra de respeto a lo que fue durante años ruta de paso de miles de viajeros y toneladas de mercancías, y que ahora estaba abandonado, vacío, triste y paciente. Y así es cómo decidí escribir este libro. aquel mes de octubre de 2018, sentado frente a la estación, le hablé y le dije: «Voy a escribir tu historia».


Rafael González Martínez

Canfranc, un pueblo de los Pirineos

«He crecido cerca de las vías y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren».

En el siglo XI nace Canfranc como pueblo fronterizo, situado a 1040 m sobre el nivel del mar, en el valle del Aragón o valle de Canfranc, a los pies del puerto del Somport, en medio de un profundo valle con escasos recursos agrícolas. Por la estrechez del valle donde se situaba la villa no había espacio para trabajar las tierras, por este motivo sus habitantes se dedicaron al comercio, basando su economía en las transacciones entre Aragón y la región francesa del Bearne, incluida la acogida de viajeros y peregrinos de la parte aragonesa del Camino de Santiago.

Canfranc debe su nombre a los romanos, que lo denominaron campus francus (campo franco), ya que fue la ruta utilizada tanto por romanos, fenicios y cartagineses, debido a su situación estratégica. Los reyes de Aragón concedieron a Canfranc importantes concesiones debido a dos circunstancias: el ser punto fronterizo y la pobreza de sus tierras. Así, en la segunda mitad del siglo XIV, Pedro IV concedió el llamado «privilegio del vino», mediante el cual los habitantes de Canfranc podían transportar vino sin pagar el impuesto correspondiente. 

Otro privilegio, otorgado por la reina María de Castilla y fechado en 1440, reconocía al municipio el derecho de «rota y porta», consistente en unos impuestos que podían cobrar por todas las mercancías y caballerías que cruzasen el pueblo, a cambio de mantener en buen estado durante el invierno el camino del paso fronterizo desde Jaca hasta la frontera. A mediados del siglo XIX, Canfranc contaba con 84 casas distribuidas en dos hileras, formando una calle y una pequeña plaza, siendo sus cultivos principales el trigo, la avena, el azafrán y las patatas.

La llegada del ferrocarril revitalizó el pueblo, surgiendo un núcleo urbano en el paraje de Los Arañones, donde está emplazada la Estación Internacional. Históricamente, las comunicaciones intrafronterizas han marcado la evolución histórica del valle, desde la calzada romana, hasta la inauguración del ferrocarril en 1928, siendo este puerto en la frontera el más transitado del Pirineo. 

El Espía que amo Canfranc

Una frontera, un tren y un paquete de cigarrillos Gauloises.

En memoria de Albert Le Lay y de todos los héroes que lucharon contra la intolerancia.

Albert Le Lay fue una de las piezas fundamentales del espionaje durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el responsable de que, en plena contienda bélica, se mantuviera la comunicación entre la Resistencia francesa y los aliados del Reino Unido y Estados Unidos. Gracias a él, no solamente pasaron la frontera informaciones referentes a operaciones, espías, maquinaria, material logístico y transmisores de radio para poder comunicar a la resistencia con los aliados, sino que se dio refugio y ayudó a miles de judíos a escapar del horror de los campos de concentración y la persecución de los nazis.

Era alto, delgado, con una ligera cojera, mirada amable y carácter afable. Muy pocos conocían la labor que realizó en la estación de Canfranc durante la Segunda Guerra Mundial. Él nunca le dio importancia, le quitaba valor, siempre afirmó que era lo que tenía que hacer. Pero la realidad es que fue una pieza clave dentro del engranaje del espionaje durante la contienda bélica en el viejo continente. Su decisión, carácter, intuición, humanidad, valentía, trabajo y esfuerzo ayudaron a vencer a las tropas invasoras del Tercer Reich, y lo más importante, a salvar una multitud de vidas humanas. No se sabe con exactitud el número, pero se estima que fueron miles.

Le Lay fue un activo espía de las fuerzas combatientes francesas desde enero de 1941 hasta septiembre de 1943. Gracias a este valeroso hombre se vertebró la comunicación entre la Resistencia francesa y los países aliados para luchar contra el horror nazi, el responsable de que muchos pudieran cruzar la frontera a pie o en ferrocarril, y alcanzar la libertad.

Albert Le Lay, de origen bretón, llegó a Canfranc en 1940. No era lo que él pretendía, Le Lay estaba enamorado del mar, siendo niño soñaba con convertirse en oficial de marina, pero la vida, marcada por la muerte de su padre cuando tenía un año, hizo que tuviera que trabajar desde muy joven, y así ayudar a su familia en tiempos difíciles. No tuvo muchas alternativas, terminó sus estudios, preparó las oposiciones para funcionario de aduanas, las aprobó y, finalmente, sabedor de que había un puesto vacante, fue destinado como jefe de aduanas a la pirenaica estación de Canfranc.

Albert Le Lay no podía imaginar que en aquella terminal ferroviaria que ocupaba apenas unos kilómetros cuadrados, rodeada por altas cumbres, apartada del mundo y construida en tan solo 4 años, conocería el amor, la solidaridad, la valentía y el miedo. Se convirtió en su hogar, allí conoció a su mujer, de origen belga, y tuvo dos hijos, pero la guerra, que ya estaba en marcha, lo cambiaría casi todo. A principios de 1941, los alemanes invaden el norte de Francia. La comunicación entre la Resistencia francesa y los países aliados se complica a través del Canal de la Mancha. Se necesitaba tener información sobre las operaciones y movimientos de las tropas alemanas. Había que buscar y abrir una nueva vía de comunicación, y es entonces cuando el que para muchos era el infranqueable paso pirenaico, el ferrocarril cobra una importancia sin igual, transformándose en un importante y determinante camino de recogida de información.

Pero, además, se convierte en la ruta de la esperanza y la salvación. Miles de refugiados, sabiendo que España era neutral en la contienda, comienzan a utilizar la vía férrea para escapar de una muerta segura. La peregrinación por los Pirineos era la única forma de huir, de llegar a España y después a Portugal, Reino Unido, Estados Unidos, África o América latina.

Colaboran.

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© Rafael Gonzalez Martinez
Ultima actualización 20/11/2019