Canfranc, La Última Frontera

La II Guerra Mundial estalla en 1939 y la Estación Internacional de Canfranc cobra un protagonismo quizá poco deseado.

Los Nazis, con un grupo de oficiales de la SS y miembros de la Gestapo que residen tanto en el hotel de la estación como en el pueblo, toman el control de la parte francesa de la estación de Canfranc en noviembre de 1942 y lo mantienen hasta el final de la II Guerra Mundial en 1945.

La llegada de los Nazis provocó varios altercados con los militares españoles que protegían la frontera española, no sólo por la tensa situación de la II Guerra Mundial en sí misma sino por el hecho de que, oficialmente, España era neutral.

Pero en Canfranc, como en todas las zonas de fronterizas donde han habido conflictos y guerras, los bordes y los límites territoriales terminan por emborronarse y no ser definidos, y así cobran protagonismo las tramas de espías entre todos los bandos.

La Resistencia Francesa se colaba por Canfranc ayudados en muchas ocasiones por sus vecinos españoles, la estación también fue una vía para los judíos que escapaban del horror de la Alemania Nazi, escondiéndose incluso en las casas de Canfranc pueblo, así como de aquellos alemanes opositores al régimen y pretendían exiliarse.

Pero también fue un coladero de contrabando, aunque la postura oficial de España era de neutralidad, lo cierto es que Canfranc fue lugar de paso del oro  expoliado por los Nazi, casi 87 toneladas de oro procedentes de Suiza se blanquearon en España a través de Canfranc.

Parte de este oro fue el pago que Hitler le hizo a Franco por los envíos que hacía el régimen franquista de toneladas de mineral de wolframio procedente de las minas de Galicia, este mineral era esencial para el blindaje de los tanques y cañones del ejército nazi y Franco enviaba este mineral en agradecimiento por la ayuda de Hitler durante la Guerra Civil Española.

Prólogo

A 18 kilómetros de Jaca en dirección a Francia se encuentra el pueblo aragonés de Canfranc, en un entorno natural por excelencia, enclavado en un pequeño y frio valle donde en la actualidad se respira la tranquilidad y el sosiego que en otros tiempos no existió. En este pequeño enclave se encuentra la majestuosa Estación Internacional de Canfranc, un edificio emblemático, único y ahora en silencio. 

Cuando los ojos del visitante están frente a esta instalación ferroviaria queda callado, tan solo puede admirar la estampa e imaginar, pensar o recordar lo que en aquel lugar ocurrió en otros tiempos. En silencio casi puedes escuchar el ruido de las carretas de caballos llenas de equipajes y mercancías, la gente andando por sus andenes, niños jugando y funcionarios de ambos países vecinos a la espera de la llegada de los trenes que durante cincuenta años comunicaron España con el resto del viejo continente, pero tan solo es una sensación, ahora la estación esta callada, triste y nostálgica y recelosa de su futuro.

Quizá sea una desconocida para muchos, para otros fue el hogar y lugar de trabajo, pero para la mayoría debería ser un sitio de recuerdo, un lugar que hay que homenajear y recordar por su corta pero intensa vida en favor de la paz. Canfranc está marcada por una historia que posiblemente nadie imagino, o tal vez para lo que no fue concebida, un edificio  construido en medio del fervor de la ambición de España hacia su expansión internacional y que fue la llave para la resistencia de unos locos en conquistar a otros.

Canfranc tiene mucho que contar, mucho que decir aun, en sus muros está escritos los mensajes que algún día se podrán leer, en sus vacías estancias aun suena el eco de tiempos pasados y que con la voluntad de muchos y la ayuda de unos pocos pronto podrán ver de nuevo la luz. Canfranc es algo más que una impresionante infraestructura ferroviaria en un valle perdido de Aragón, es un lugar de meditación, de enseñanza, es sin duda un pequeño pedazo de la historia de España.

Una tarde de otoño, un café y una historia que contar

Siempre me atrajo el mundo ferroviario, de pequeño visitaba con frecuencia la estación de Requena, donde yo nací, sentado en un banco de madera esperaba con paciencia y emoción para ver la entrada en la estación de aquellos gigantes de metal, aquellas máquinas de color verde, que con sus miles de caballos de potencia arrastraban decenas de vagones de carga y de pasajeros. Esperaba para ver bajar a los pasajeros de aquellos vagones y miraba sus caras, en aquel momento los veía como personas privilegiadas, después tras el trasiego de viajeros y equipajes esperaba a que el jefe de estación con su impecable uniforme levantara la bandera e hiciera sonar el silbato para dar la salida al tren de los sueños, la impresionante locomotora 4020 hacía sonar casi al segundo su estridente bocina, aquel era el momento de continuar el viaje, lentamente aquella maquina iba tirando de todos sus vagones deslizándose por las vías con su típico ruido, y poco a poco iba cogiendo velocidad, era el momento de decir adiós a otro tren.

Recuerdo perfectamente mi primer viaje en ferrocarril, aquel día mi padre me dijo – nos vamos a Valencia, iba a viajar por primera vez en tren. Sentado en aquel cómodo asiento del compartimiento junto a mis padres y hermano mayor y mirando por la ventana fui el niño más feliz del mundo, después la llegada a la Estación del Norte de Valencia, llena de vías, trenes y viajeros, más tarde ya en mi adolescencia viajaba todos los fines de semana a Requena en aquel pequeño “Ferrobús” y como aquel día de mi infancia seguía disfrutando del viaje, siempre junto a las amplias ventanas, pasando por los muchos túneles del trayecto y deseando hacer el próximo viaje.

Probablemente el destino, o el azar quiso que mi relación con el ferrocarril continuara, diez años más tarde y en cumplimento obligatorio con España, ingrese en el servicio militar, primero en el CIR 1 de Colmenar Viejo de Madrid, y la sorpresa fue cuando al acabar el campamento de tres meses mi siguiente destino fue La Unidad del  Regimiento de Zapadores Ferroviarios. Llegue a Valencia en el mes de Agosto de 1985, mi destino fue la 6ª Unidad del Batallón Escuela del Regimiento de Zapadores Ferroviarios. Aquella etapa militar me unió aún más si cabe al mundo del ferrocarril. Años más tarde un amigo viajo a Canfranc, a su vuelta pude ver las primeras fotografías de la Estación Internacional de Canfranc, quede impactado por lo que mis ojos estaban viendo en aquellas fotografías digitales, en octubre de 2018 decidí viajar a Canfranc.

Tenía que ver con mis propios ojos la majestuosidad de aquel viejo y abandonado edificio, al verlo por primera vez quede mucho tiempo en silencio, tal vez como muestra de respeto al que fue durante años ruta de paso de miles de viajeros y toneladas de mercancías, y que ahora estaba abandonado, vacío, triste y paciente. Y así es como decidí escribir este libro, aquel mes de Octubre de 2018 sentado frente a la estación le hable y le dije “Voy a escribir tu historia”.

Rafael González Martínez

Autor

Fragmento del primer capítulo "Canfranc, un pueblo de los Pirineos"

Paisajes

Canfranc, un pueblo de los Pirineos

En el siglo XI, y a la vera del camino de Francia, nació Canfranc como pueblo fronterizo, situado a 1 040 metros sobre el nivel del mar, en el valle del Aragón o valle de Canfranc, a los pies del puerto del Somport, en medio de un profundo valle con escasos recursos agrícolas. Por la estrechez del valle donde se situaba la villa, no había espacio para trabajar las tierras, por este  motivo sus habitantes se dedicaron al comercio, basando su economía en las transacciones entre Aragón y la región francesa del Bearne, incluida la acogida de viajeros y peregrinos de la parte aragonesa del Camino de Santiago. Canfranc debe su nombre a los romanos, que lo denominaron "Campus Francus" (Campo Franco), ya que fue la ruta utilizada, tanto por Romanos, Fenicios y Cartagineses, debido a su situación estratégica.

Los Reyes de Aragón concedieron a Canfranc importantes concesiones debido a dos circunstancias, el ser punto fronterizo y la pobreza de sus tierras. Así, en la segunda mitad del siglo XIV, Pedro IV concedió el llamado “privilegio del vino”, mediante el cual los habitantes de Canfranc podían transportar vino sin pagar el impuesto correspondiente. Otro privilegio, otorgado por la reina María de Castilla y fechado en 1.440, reconocía al municipio el derecho de “rota y porta”, consistente en unos impuestos que podían cobrar por todas las mercancías y caballerías que cruzasen el pueblo, a cambio de mantener en buen estado y transitable durante el invierno el camino desde Jaca hasta la frontera.

A mediados del siglo XIX, Canfranc contaba con 84 casas distribuidas en dos hileras, formando una calle y una pequeña plaza, siendo sus cultivos principales el trigo, la avena, el azafrán y las patatas. La llegada del ferrocarril revitalizó el pueblo, surgiendo un núcleo urbano en el paraje de Los Arañones, donde está emplazada la Estacion Internacional.

Históricamente, las comunicaciones interfronterizas han marcado la evolución histórica del valle, desde la calzada romana, hasta la inauguración del ferrocarril en 1928, siendo este puerto en la frontera, el más transitado del Pirineo. El Somport, también llamado el puerto de Canfranc, es el paso fronterizo menos abrupto y más transitado de todo el Pirineo central. Desde el viejo camino de herradura, transformado en 1.876 en carretera, hasta la construcción del ferrocarril transfronterizo, y el reciente túnel de carretera, la historia de las comunicaciones a través del Somport está estrechamente ligada a la propia historia de Canfranc.

Fragmento del quinto Capitulo,"El Espía que amo Canfranc"

Una frontera, un tren y un paquete de cigarrillos Gauloises

Albert Le Lay fue una de las piezas fundamentales del espionaje durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el responsable de que, en plena contienda bélica, se mantuviera la comunicación entre la resistencia francesa y los  aliados del Reino Unido y Estados Unidos. Gracias a él, no solamente pasaron la frontera  información de operaciones, espías, maquinaria y material logístico, sino que se dio refugio y ayudó a miles de personas a escapar del horror de los campos de concentración y la persecución de los nazis.

Era alto, delgado, con una ligera cojera, mirada amable y carácter afable,  muy pocos, conocían la labor que realizó en la Segunda Guerra Mundial. Él nunca le dio importancia, le quitaba valor, siempre afirmó que era lo que tenía que hacer. Pero la realidad es que fue una pieza clave dentro del engranaje del espionaje durante la contienda bélica europea. Su decisión, intuición, humanidad, valentía, trabajo y esfuerzo ayudaron a vencer a las tropas invasoras del Tercer Reich, y lo más importante, para salvar multitud de vidas humanas. No se sabe con exactitud el número, pero lo cierto es que  fueron miles. Le Lay fue un activo espía de las fuerzas combatientes francesas desde enero de 1941 hasta septiembre de 1943. Gracias a este valeroso hombre se vertebró la comunicación entre la resistencia francesa y los países aliados para luchar contra el horror nazi, el responsable de que muchos pudieran cruzar la frontera a pie o en ferrocarril, y alcanzar la libertad.

Albert Le Lay, de origen bretón, llegó a Canfranc en 1940, no era lo que él pretendía, Le Lay estaba enamorado del mar, siendo niño soñaba con convertirse en oficial de marina, pero la vida, marcada por la muerte de su padre cuando contaba tenía un año, hizo que tuviera que trabajar y estudiar desde muy joven para que su familia saliera adelante. No tuvo muchas alternativas, así que terminó sus estudios, preparó las oposiciones para funcionario de aduanas, las aprobó, y finalmente, sabedor de que había un puesto vacante, fue destinado como jefe de aduanas a la pirenaica Estación de Canfranc.

Albert Le Lay, no podía imaginar, que en aquella terminal ferroviaria que ocupaba apenas unos kilómetros cuadrados, rodeada por altas cumbres, apartada del mundo y construida en tan solo tres años, conocería el amor, la solidaridad, la valentía y el miedo. Se convirtió en su hogar, allí conoció a su mujer, de origen belga, y tuvo dos hijos, pero la guerra, que ya estaba en marcha, lo cambiaría casi todo.

A principios de 1941, los alemanes invaden el norte de Francia. La comunicación entre la resistencia francesa y los países aliados se complica a través del Canal de la Mancha. Se necesitaba tener información sobre las operaciones y movimientos de las tropas hitlerianas. Había que buscar y abrir una nueva vía de comunicación, es entonces cuando el que para muchos era el infranqueable paso pirenaico y el ferrocarril cobra una importancia sin igual, transformándose en un importante y determinante camino de información.

Pero además, se convierte en la ruta de la esperanza y la salvación, miles de refugiados, sabiendo que España era neutral en la contienda, comienzan a utilizar la vía férrea para escapar de una muerta segura, la peregrinación por los Pirineos era la única forma de huir, de llegar a España y después a Portugal, Reino Unido, Estados Unidos o África.

Albert Le Lay no lo dudó y decidió luchar contra el terror nazi utilizando el puesto fronterizo, pasó a formar parte de las Fuerzas de Resistencia Francesas. El eslabón, la piedra angular del espionaje entre Londres, Lisboa, Madrid, Pau y París, pasando por Canfranc de las redes Mithridate, cuyo jefe era André Manuel, y Pier, dirigida por el Dr. Rochas.

Su trabajo metódico y discreto fue todo un éxito, Albert Le Lay supervisaba todas las operaciones, esperaba la llegada de todos los trenes y atendía a los refugiados, les curaba sus heridas, les proporcionaba alimentos, ropa y un techo para que descansaran antes de proseguir su escapada, hombres, mujeres, ancianos y niños descendían de los convoyes y respiraban aliviados en el vestíbulo de la estación, Le Lay sellaba los pasaportes y visados, que eran necesarios para entrar en la Península.

A pesar de que los soldados registraban a los viajeros y desmontaban los vagones en busca de personas, documentación o material ocultos en los escondrijos habilitados en los mismos trenes, nada impidió que soldados franceses, aviadores ingleses, judíos o resistentes franceses, franquearan la frontera montañosa y pusieran a salvo sus vidas.

La Gestapo alemana que controlaba la parte francesa de la estación comenzó a sospechar del responsable de la aduana, finalmente le descubrieron y emitieron una orden de detención. El 23 de septiembre de 1943, Le Lay se marchó paseando con su mujer por las vías del tren hasta un punto donde lo esperaba el coche del agente de aduanas Mariano Aso, que le ayudó a huir, el primer punto de conexión de esta huida es la ciudad de Jaca,  esa madrugada, llegaron a Zaragoza a casa del prestigioso profesor de Otorrinolaringología zaragozano Víctor Fairén, quien le buscó otro transporte que lo traslada a Madrid.

Colaboran.

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© Rafael Gonzalez Martinez
Ultima actualización 12/02/2019